Pasajero, cuando el amor (propio) también es un juego de control

Colin es un hombre tímido que se siente estancado en una existencia sosa y mundana, hasta que conoce a Ray, el confiado líder de una banda de motociclistas. A través de una dinámica poco convencional de sumisión sexual, Colin enfrenta un crecimiento personal durante sus viajes en el asiento del copiloto. En su ópera prima, el director Harry Lighton examina los limites emocionales y la vulnerabilidad en las relaciones, lo que le valió el premio a mejor guion en la sección Una cierta mirada del festival de Cannes.

¿Cuál es la diferencia entre control y abuso? ¿En qué momento es suficiente para que esa delgada línea pese y lastime dentro del mundo BDSM?

Pasajero es un nuevo filme queer británico por estrenarse este fin de semana: una combinación coming-of-age con comedia romántica subida de tono, que se plantea esta interesante pregunta, usando como medio de respuesta la historia de amor entre Ray –interpretado por uno de los muchos talentosos y hermosos hermanos Skarsgård, Alexander– y Colin (Harry Melling), quienes comienzan una relación dom-sub mínimamente sentimental, donde tendrán que evolucionar como personas para tener introspección sobre ellos mismos.

Exploración de nuestra identidad

Hay mucho cine queer donde el sexo es explotado en pantalla al máximo y el morbo sigue siendo el centro de atención, dejando la trama relegada por los subtemas de la comunidad LGBT. Pasajero no se queda ahí, lo lleva aún más lejos tocando un subgénero de la sexualidad al entrar en el mundo del masoquismo, que usualmente también está lleno de estigmas y tabúes asociados a la violencia física, el sexo extremo y la falta de moral.

Algo que me gustó mucho del filme es que, aunque aborda temas intensos, logra introducirlos de forma orgánica, situando al espectador en el mismo proceso de descubrimiento que Colin, nuestro tierno e inexperto sumiso, que apenas empieza a entender la vida y las dinámicas de poder, y con quien compartimos esa misma duda llena de incredulidad sobre qué ve alguien como Ray en él.

Es un filme que deja ver una nueva perspectiva de una relación dom-sub, donde nos demuestra que este tipo de relaciones no tiene que existir solo en la intimidad de un secreto, sino que también pueden vivir en situaciones reales y hasta incómodas: desde mostrar que se puede ser parte de una comunidad BDSM sin estigmas, teniendo una comida de domingo con los suegros donde la mamá de tu pareja hace la peor pregunta posible, o yendo a una orgía swinger en el bosque.

Esto, yo creo, es lo que más me encantó de la película: que existe contraste entre los momentos de interacción y vemos cómo la dinámica se adapta a esos momentos, situaciones y personas, sin dejar de ser lo que es.

Más que solo una película morbosa

Así como lo leen, amigos, Pasajero es una película de tono elevado, pero al mismo tiempo graciosa e incómoda; una clásica fórmula de viaje del héroe, pero con humor raro, con un plot sexy y sin pelos en la lengua –o tal vez algunos. 

No es una película que se enfoque solamente en la trama de una relación gay, sino que es el desarrollo personal de Colin de la mano de las acciones de Ray, donde aprende cosas nuevas, lo que le gusta o no, y aprende a no tener miedo de abogar por sí mismo, y hacer eso es muy valiente para cualquier persona, no solo para un chiquillo sumiso con facilidad para la devoción.

En el mundo de las relaciones, cada pareja tiene reglas no escritas o acuerdos no verbales, pero cuando se cruzan es cuando las personas sienten que pierden el control de lo que hacen. Es cuando su mundo se viene a pedazos, se pierden a sí mismos. Quizá no por algo malo, pero sentir que se pierde el control es lo que realmente pone a prueba los límites entre el consentimiento y el daño, entre el deseo y la imposición. 

Pasajero no pretende darnos una respuesta definitiva, pero sí nos deja con una incomodidad inevitable: entender que incluso en dinámicas donde el poder es parte del juego, la comunicación, la empatía y los límites claros son lo único que evita que esa delgada línea deje de ser ficción y se convierta en una herida real. Y quizá ahí está su mayor acierto: en recordarnos que, dentro y fuera del BDSM, el verdadero acto de valentía no es ceder el control, sino saber cuándo recuperarlo. 

Si están en mood de ver una historia queer distinta y provocadora, los invito a que vean Pasajero en cines; quizá los haga reflexionar tanto como a mí sobre su autoestima y decisiones personales tanto como a mí. Puntuación en vidas de gato 5 de 7 vidas de gato sin esterilizar.

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