John Carney es un director que se ha ganado el cariño de muchos gracias al amor con el que retrata la música en sus películas. Ya como sello personal vemos este elemento explorado desde una perspectiva cinematográfica en toda su filmografía. Ahora regresa con Letras Robadas que sigue una línea más cercana a Begin Again que a su mayor éxito en crítica Sing Street, lo cual trae cosas buenas y no tan buenas a la mesa. Pero lo divertido de su propuesta, especialmente gracias a Paul Rudd, y lo entrañable de su conflicto, la hacen una buena opción para disfrutar ahora en cartelera.
¿Qué sucede cuando un artista prometedor termina tocando en bodas? ¿Y qué sucede cuando ese artista es un hombre en sus cincuenta que vive en un modesto suburbio de Dublín con su familia? Otras producciones pudieron haberse acercado a un personaje así de una forma más dramática, pero John Carney —que claramente conoce el mundo de la música no solo a niveles de industria monumental, sino cómo lo vive una persona alejada de las grandes compañías y el éxito masivo— toma otro camino.
Por eso es bastante interesante que Rick, interpretado por un muy divertido y siempre carismático Paul Rudd, sea un hombre que no ve como una tragedia el haber truncado su carrera hacia el estrellato. Está en paz con ser parte de una banda que toca en bodas y eventos, porque eso no lo ha alejado de seguir componiendo aunque sí guarda un pequeño sueño de que su propia música obtenga cierto reconocimiento. Así es como empieza la película: John Carney muestra este deseo frustrado de Rick mientras toca en una boda, interpretando los éxitos de siempre, pero cerrando con una canción propia que nadie conoce. Cuando toca su propia pieza comienza a sentirse pleno, emocionado, extasiado, aunque el público la desconozca y prácticamente lo ignore.
Pareciera que la vida que eligió no puede cambiar mucho, pero todo se transforma cuando en otro evento, uno de una clase social bastante más alta, termina conociendo a Danny, personaje que da vida Nick Jonas y que curiosamente interpreta una suerte de Harry Styles: un cantante que viene de una famosísima boy band pero que ahora busca construir una carrera en solitario lidiando con la fama que arrastra de una carrera que parece haberlo condenado.
Después de una pequeña interpretación donde le piden a Danny que toque en la fiesta, la opinión de Rick cambia por completo, antes de conocerlo se burla de de lo que veía de él en internet, no sin antes soltar la clásica frase de señor: el rock es cultura o el rock está muerto por artistas como Danny. Gracias a esa colaboración espontánea en medio de la fiesta matrimonial, ambos terminan pasando una noche en donde comparten experiencias, inquietudes, un porro, unas cuantas copas de whisky y composiciones propias.

Un tándem que soporta la película
Aquí no puedo dejar de hablar del trabajo de Nick Jonas interpretando a Danny, que viene a ser una suerte de antagonista. No es que brille como lo han hecho otras estrellas musicales que incursionan en la actuación, pero sabe mantenerse bien a tono como para que Paul Rudd no terminé robándole todas las escenas, especialmente donde más tiempo comparten en pantalla.
Antes de conocerlo, pensaríamos que es un artista que tiene todo resuelto, tal como Rick da a entender. Pero gracias a esta noche de copas, nos damos cuenta de que también es un músico con sus propias inquietudes, tratando de luchar contra una industria que controla todos los aspectos de su vida, y que en el fondo no es muy diferente a Rick: quiere que su arte sea reconocido como es.
Ambos prometen mantener contacto después de esa noche inesperada y vemos un poco de los días siguientes en ambas vidas. Rick regresa a su familia para contar la inesperada noche que vivió con una celebridad enorme y Danny a seguir componiendo buscando encontrar una balada que cumpla las expectativas de la gente, su disquera y su propia ambición artística, algo que termina con una muy sospechosa composición…
Una elipsis nos lleva varios meses después y Rick, junto con nosotros, se entera de que Danny ha grabado en un éxito instantáneo pero que se parece mucho a una composición que él compartió esa noche de ensueño. A partir de aquí, la película se convierte en una odisea donde Rick busca desesperadamente contactar a Danny, tratando de convencer a todos de que esa canción es suya, y lidiar con la frustración de que nadie le cree porque simplemente no hay ningún registro que compruebe que es su propia canción. ¿Y cómo le van a creer, si es solo un músico de segunda que tuvo la suerte de convivir una noche con una de las estrellas más importantes de su época?

El robo silencioso y estruendoso
Carney sabe meter una capa de complejidad en una película que casi siempre se mantiene en un tono ligero y bastante cómico. No solo estamos viendo cómo funciona la industria musical al tener un conflicto de derechos de autor y reconocimiento, sino que pone en contraste la vida de dos artistas muy diferentes entre sí: uno como padre de familia modesto, y otro como super celebridad. Y aun así, los dos comparten la misma inquietud, sobre cómo se relacionan con una obra artística.
Por momentos la película juega con la duda: ¿será verdad que le robó la canción?, lo que despierta en Rick una inquietud que lo lleva a una crisis que no tuvo ni cuando renunció a su carrera musical, pero a la vez nos muestra como eso lo hace reconectar con lo que siempre ha querido: hacer música y ser reconocido por ella.
Pero el largo tampoco se desvive en generar un conflicto muy enredado gracias a que también se interesa en mostrar a Danny y cómo lidia con el problema, aunque de su lado es mucho más sencillo por la posición cómoda en la que está. Este paralelismo lo aprovecha también Paul Rudd, que se entrega totalmente a un papel que pudiera sentirse menor, pero que gracias a ello la película eleva su calidad. Lo que nos ayuda a entender que nuestro antagonista también es una persona que empieza a tener conflictos.
Nunca dejamos de ver a la película como una comedia ligera y un musical un tanto cursi propio de John Carney, pero el conflicto es muy real y terrenal desde una perspectiva muy compasiva que no dudo haga conectar muy bien con la audiencia.
Personalmente considero que John Carney tiene mejores trabajos, más arriesgados, más aterrizados e inclusive con más personalidad. Incluso podría decir que la película peca de empalagosa tanto en su acercamiento a las emociones como en la música creada para la película, y es que esas mismas canciones que escuchamos tampoco se sienten que tengan el peso que supuestamente debe tener. Pero poco importa, porque Carney sabe muy bien cómo integrar todos estos elementos para hacernos creer que una power ballad en 2026 es un tipo de canción que llegaría a los corazones de todos.
Letras Robadas es una muy digna comedia que habla sobre personajes con conflictos reales y humanos, no una comedia para consumir y olvidar. John Carney, afortunadamente, sigue la línea a la que nos tiene acostumbrados. Si son fans de su trabajo, no se lo pueden perder, y si no saben de él, me parece una buena opción para adentrarse en una filmografía que, si bien no es ambiciosa, es digna de conocer. 5 de 7 michi-musicales vidas a John, Paul y Nick.

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