Engendro es una fábula para adultos

¿Recuerdas la constante presencia de las fábulas en nuestra infancia? Esos relatos cortos que solían incluir una moraleja sobre algún tipo de aprendizaje útil para desarrollar individuos éticos en nuestra sociedad y que parecen haber desaparecido de nuestras estructuras de comunicación ni bien iniciamos la adolescencia, cuando nos empezamos a regir por la opinión de nuestro círculo social, y hoy en día del impacto de la opinión pública en redes sociales. 

Cuando llega en el comienzo de nuestra madurez empezamos a reflejarnos en los sesgos de esa forma de vivir al decirnos: si no hubiera hecho eso mi vida hubiera sido mejor, si hubiera escuchado más a mis padres, si hubiera reflexionado antes de esta decisión, ¿y si sí teníamos todo el registro para no equivocarnos pero se nos olvidó? 

No hay más que hacer, la vida avanza, y es cuando de la nada empiezas a notar que las fábulas no desaparecieron, solo se transformaron, y para nuestras generación están por demás dibujadas en el cine, en aquellos Midsommar (Aster, 2019), que nos invitan a soltar esas relaciones tóxicas y sin futuro antes de que la influencia de un culto nos obligue a la mala, en los Together (Shanks, 2025) que nos alertan sobre la codependencia y el apego ansioso hasta despersonalizarse y convertirse en uno solo, o más reciente en los Obsession (Barker, 2025) que nos revela el resultado de forzar una relación que no tiene futuro.

En ese mismo panorama de terror elevado —que ya me vas a decir tú qué significa esa expresión más allá del clasismo que parpadea—, que llega a nosotros una fábula finlandesa de la realizadora Hanna Berghom, una que apunta al resquicio de las relaciones interpersonales entre una pareja moderna y su relación con su primogénito después de ser concebido en un bosque lleno de energía mitológica y mística.

Como si fuera lo que pasa después del final de Rosemary´s Baby

Durante su conferencia de prensa en la Berlinale, donde por cierto la película fue nominada al Oso de Oro —uno de los máximos premios en la industria—, la directora fue cuestionada sobre la posible alegoría al clásico de Polanski. Berghom en tono de broma mencionó que en ocasiones jugueteaba junto con su equipo creativo con esa idea, pero que en realidad no hay mucho más —la realidad es que el marco político de cancelación no aceptaría otra respuesta en relación a lo funado que está Roman Polanski.

La realidad es que sí, a ojos occidentales pareciera seguir la misma premisa que aquella obra maestra de 1968: la cría que parece engendrada por un demonio y que es una suerte de anticristo. Y a la vez es mucho más que eso, porque la realizadora y su equipo hilan fino y retoman condicionantes del misticismo finlandes, uno que predomina en la conexión con la naturaleza, sus rituales, sus pensamientos mágicos y específicamente en los Metsänpeikko, una suerte de trolls del bosque —mejor representados para occidente como los populares Moomins, que no son otra cosa que trolls coquetos.

El Metsänpeikko es en resumen un ente profundamente conectado con la naturaleza, los bosques y sus árboles, su estructura ósea recuerda a la de un humano —solo que amorfo en relación a las ramas de un árbol—, y sus virtudes mitológicas son demasiado para profundizar en un texto como este, pero queda claro que esa visión nórdica es la que permite que estos seres representan una amenaza invisible desde el primer momento que entramos al bosque y de hecho, los vemos sin verlos.

Vaya, que son la versión oscura de la mitología británica que proponía Tolkien con sus Ents, con la firme diferencia que puede representar una tradición nórdica y su folklore generacional. Y de esta suerte de entes que están presentes durante el acto de amor entre la pareja protagonista nace nuestro engendro, un bebé anormal, un poco más bestial y gutural de lo que cualquier otro bebé podría haber nacido —excepto quizá, y a la par que el de Lamb (Jóhansson, 2021).

Un tabú. La madre que no puede amar a su cría

Engendro explora, entre muchas otras cosas, la depresión post-parto, una que en los últimos años se ha presentado de manera más constante en la ficción y que revitaliza la fuerza que una madre tiene que llevar consigo, una que va más allá de cargar nueve meses en su vientre a su hijo. Así Saga —una pletórica Seidi Haarla, que con su actuación nos podemos servir de guía para entender el tono de la película, que busca mucho más que un drama arquetípico—, se confronta con criar a un algo que la abruma desde el día que llegó a su vida, y que sirve como un constante recordatorio de sus inseguridades. 

Resalta un prostético en su vientre, tiempo después de dar a luz, su abdomen lejos de ser el de una mujer fuerte y atractiva, se ha convertido en la corteza arrugada de un viejo roble. Es así que el body horror coquetea por momentos, así también un gore atípico —y lejano al slasher tradicional según su realizadora. Sin mencionar lo irritante que llega a ser el diseño sonoro con los chillidos guturales del engendro, un trabajo premeditado que busca —como todos los elementos de está película—, hacer sentir al espectador tan incómodo como Saga se siente con su cuerpo. 

Esa depresión que sondea a Saga también es el reflejo de su mente, y la precarización de su relación con un hombre —interpretado por Rupert Grint, a.k.a Ron Weasley— que por más plácido y manso que se presente al principio, termina por ser un condicionante hermético del machismo universal, que minimiza la tragedia de su mujer en post de una filosofía de lógica practicidad itinerante —como cualquiera de los hombres protagonistas en las películas citadas arriba. 

La jugosa conclusión es por demás satisfactoria, porque la tibieza nunca es la respuesta en ninguna relación, pero eso les toca descubrirlo si aún no han visto la película. 

Debo sincerarme, no me gustó este largometraje, me la pase bastante mal —aunque culpo más a mi estado anímico de las últimas semanas—, el diseño sonoro sobre todo destruyo mi espectro de disfrute, pero eso nunca va a evitar mi reconocimiento a las ofertas de valor en el séptimo arte; porque el que algo no te guste no significa que sea malo, una regla de oro que varios deberían aplicar. 

Incito a mis lectoras a que dediquen un visionado a Engendro, sé que van a quedar satisfechas les guste o no. No hay calificación, comienzo mi levantamiento silencioso en contra de calificar el trabajo de los demás con un número ambiguo, juzgue usted o muera en la incertidumbre de perderse una pieza sobresaliente por atender a matemáticas intelectualoides. 

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

error

¿Te gustó esta nota? Comparte

Instagram