Nuestra tierra: La historia borrada por Dios

Han pasado ocho años desde Zama, el último largometraje de ficción dirigido por Lucrecia Martel, y ahora que llega Nuestra tierra, las expectativas sobre lo nuevo de esta gran directora crecen y se hacen notar con un paso importante que la introduce plenamente en el género documental.

Rescatando un relato fatídico en la historia reciente de Argentina, la muerte de Javier Chocobar y el daño provocado hacia la comunidad indígena de Chuschagasta. La película busca cubrir los hechos relevantes del juicio y en el camino, cuenta la historia jamás contada de los pueblos originarios, honrando cientos de años de lucha e historia comunitaria.

El Asesinato de Javier Chocobar

La película da el foco central de atención a un caso mediático ocurrido en Tucumán, Argentina, en el año 2009, donde, tras un altercado social entre la comunidad indígena de Chuschagasta y tres hombres que reclamaban tierras originarias como propias, es asesinado un miembro de la comunidad y tres más resultan heridos. El suceso dejó una marca atroz en el pueblo, más aún cuando tuvieron que pasar 9 años, para que hubiese un juicio al respecto, que buscaba condenar los actos y dar muestra de lo acontecido como un atentado a la raíz ancestral del país. 

En el documental, se parte del proceso judicial, desde una perspectiva blanca que desconoce los hechos y permite una introducción clara al espectador que desconozca del tema, una entrada fácil e intrigante de lo que está por verse.

Es la primera escena de la película la que define de mejor manera qué es Nuestra tierra, pues con imágenes del planeta acompañadas de un canto religioso, se abre camino el destino de la obra, que además de cumplir una función estética obedece a un mecanismo más complejo. La representación de la naturaleza como siglos de existencia, como inicio y actualidad, una puesta en escena que recuerda a obras como Koyaanisqatsi (1982), donde lo gráfico no es simple, tiene capas de interpretación.

La página inexistente en la historia

La estructura del filme divide el tono en dos ramas distintas. Por un lado, se mantiene el hilo del juicio público, una cara “formal” y seria que, en los estrados, libera lo más aterrador del evento, desde la grabación del delito, hasta las diversas declaraciones hechas por ambas partes. Y, por otro lado, se da espacio para la exploración, de la misteriosa comunidad, para buscar una verdad que no suponga solamente, sino que demuestre los motivos y las palabras de los afectados. Las cicatrices literales y metafóricas que deja en la comunidad, y el gesto de hipocresía y maldad justificada presentado por los atacantes, todo forma parte de un archivo presente en la película. 

Se hace un trabajo de recopilación extenuante, que en su extensión demuestran el cuidado milimétrico de la directora y su equipo, para hacer uso de la evidencia existente y rendir cuentas con lo nunca mostrado.

Lo que vemos es más grande que un asesinato injusto, cuenta una historia de violencia, que en los verdes paisajes revela su importancia. A través de testimonios y fotografías que apuntan a lo personal, se crea un historial de datos, que definen a un estrato social marginado que lleva décadas denunciando el maltrato de su espacio, en los valles de Tucumán y en los registros históricos del continente.

La responsabilidad de la cineasta

En palabras de la directora, Nuestra tierra representa la inauguración de una nueva etapa en su vida, donde resignifica su carrera y su impacto en el cine argentino y latinoamericano, reflexionando sobre el papel del artista en un entorno que se define más últimamente por causas y dificultades sociales.

La intención esta vez se determina por el trabajo logrado en la producción del largometraje, la “utilidad” de la investigación por y para la comunidad de Chuschagasta, como un gesto de empatía y demanda. Antes que la distribución clásica, la divulgación de información importante para uso de los desplazados, y la aportación de nuevas herramientas para que estas culturas no pierdan su lugar en el mundo actual.

La identidad de una raza representada y guardada en la memoria cinematográfica, conversando sobre historia, religión, y tierra. El último proyecto de Lucrecia Martel merece 7 vidas de gato de calificación, y la consagra como una personalidad imperdible y presente en la agenda artística latinoamericana.

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