La identidad de un pueblo se define mediante la construcción de una cultura propia, aspectos y costumbres que moldean la personalidad de sus habitantes y determinan una descripción general de sus valores y características. La música es un ejemplo de ello y en esta ocasión se contempla con un enfoque más allá de la naturaleza artística, aludiendo a su impacto en la cotidianeidad y el papel de la tradición en la vida diaria de las personas representadas.
Bruno Bancalari dirige Los Hijos de la Costa, un documental sobre la música de la costa chica en México, y su papel vital en la comunidad local, una experiencia rica en colores y sensaciones que en los testimonios de sus protagonistas recoge la verdad de varios pueblos, los pueblos de México.

Un pueblo sin cultura es un pueblo sin identidad
Al sur de México, en los estados de Oaxaca y Guerrero, la música es parte esencial de la idiosincrasia local, un modo de vida heredado generación tras generación y del cual se desprende la inspiración artística de toda una región. A partir de la chilena, los sones, el bolero y las danzas típicas, se compone una diversidad musical que durante décadas ha modelado y enriquecido la identidad de la Costa Chica, géneros y estilos que surgen en la antigüedad gracias a la influencia de música inmigrante originaria de países como Chile o Colombia.
En Los Hijos de la Costa, el enfoque explora la cara artística, por supuesto, pero su interés principal se torna más personal, hacia lo íntimo. La línea general describe un tono que se inclina hacia lo humano, una perspectiva que acude al conocimiento, pero busca más que nada la expresión que no se ha dado, a voces y miradas que conviven en el monte con las voces de los dioses, un llamado que recorre la sangre y palpita al ritmo de una vida rural mexicana.

Furia oaxaqueña y mar azul guerrerense
A través de diferentes testimonios la película divide su estructura por segmentos definidos, estaciones narrativas que exploran el contexto de diferentes músicos, artistas y habitantes originarios que cuentan su pasado, sus anhelos, y su relación con la música tradicional.
Desde biografías improvisadas que dan conocimiento sobre la vida en el campo, hasta la marginación social sufrida por aquellos que nacieron lejos de los reflectores. Se va alternando entre la intimidad de las confesiones personales, de precariedad y esperanza, y la puesta en escena, la chilena en acción. Recurriendo a la versatilidad de los lugares presentados, como escenarios y puntos de encuentro de la naturaleza, que es majestuosa, fiel y cálida en cada una de las imágenes mostradas: un espectáculo audiovisual que se disfruta por su autenticidad.
Es una experiencia musical que no duda en mostrarlo, el espectador goza de una película de relatos y conciencia sin quedar varado en la solemnidad textual, al contrario, el ritmo de esta invita a la reflexión y apreciación de la vida tal cual es.

No olvidar de dónde venimos para no olvidarnos a nosotros mismos
El trabajo hecho por el director es eficiente con creces, funciona como una mano empática que extiende la información pertinente a quien vea el documental, para divulgar y propiciar la conservación de una identidad regional, que va más allá del talento artístico, merece el reconocimiento nacional de mérito y amor comunitario.
Del olvido a la enseñanza existe un trecho, que ha sido ignorado por mucho tiempo con respecto a la cultura del país, y eso se ve intervenido por la película, que, colocando un micrófono en la sierra, literal y metafóricamente, acerca nuestra atención a la herencia de los artistas y nos muestra el valor de la escuela como herramienta de memoria. Con un esfuerzo valioso, algunos de los personajes y la producción de Los Hijos de la Costa, abre la expectativa a la continuidad de dicha cultura, con talleres y proyectos consecuentes que desencadenan una conversación viva compartida con el público; la formación de un nuevo grupo musical también es parte de la propuesta, cuyo nombre es el título de este gran documental.
Es por eso por lo que la idea trasciende, más que como una parada cinematográfica estática, como una rama que se nutre aún después del visionado, es un aporte de constante impacto. La calificación para este proyecto de interés genuino y gentil es de 6 de 7 vidas de gato, otro documental que evidencia la riqueza tradicional de México y su importancia incomparable.

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