El día del fin del mundo: Migración. Una roadtrip post-apocalíptica

El Día Del Fin Del Mundo: Migración, protagonizada por Gerard Butler y dirigida por Ric Roman Waugh, sigue a la familia Garrity, superviviente de una catástrofe global, que se ve forzada a abandonar la seguridad del búnker que los ha protegido. Se embarcan en una peligrosa travesía a través del devastado y congelado paisaje de Europa, en busca de un nuevo hogar.

El apocalipsis regresa a la gran pantalla, esta vez en forma de una secuela para la obra de 2020 llamada El día del fin del mundo (Greenland), dirigida por el ex doble de acción vuelto director Ric Roman Waugh. 

En esta segunda entrega nos reencontramos con la familia protagonista, han pasado cinco años desde los eventos de la primera película y los estragos del cometa Clarke siguen amenazando a la humanidad, que perdió al 75% de su población gracias a la catástrofe tamaño ‘extinción’.

Adaptándose al fin del mundo

En esta ocasión vuelve a liderar John (Gerard Butler), en compañía de Allison (Morena Baccarin) y su hijo Nathan (Roman Griffin Davis), que juntos ahora viven en un búnker de Groenlandia, esperando alguna señal de esperanza que solucione la inevitable escasez de recursos que se aproxima. Lo inevitable y terrible llega cuando un terremoto de gran impacto destruye el refugio, y los sobrevivientes se ven forzados a huir del lugar, en búsqueda de un futuro más prometedor.

Es así como comienza un viaje por el infierno, lleno de tragedia, meteoritos, y humanidad corrompida, con respiros por el camino para apreciar la fortuna de compartir momentos, y apreciar a la familia.

¿Una fórmula infalible?

Hablar del cine de catástrofes es complejo pero vital, pues es su popularidad en la década de los 90’s —llevada a lo más espectacular— la que dio razón a una oleada de generaciones que, queriendo alcanzar la trascendencia de clásicos como Día de la Independencia (1996), Armageddon (1998) o Impacto Profundo (1998), dieron rienda suelta a una cantidad inmensa de ideas que, una tras otra, iban decidiendo su destino entre el gran público, creando así dos posibles variantes: la aceptación a posteridad más allá de la taquilla o el fracaso destinado al olvido.

El subgénero forjó fanáticos, un séquito fiel que se caracterizó por apreciar el despliegue audiovisual, más allá de la calidad cinematográfica, disfrutando de diferentes propuestas, que, no importando si eran absurdas o inteligentes, quedaron de igual forma en el gusto colectivo.

Pero hay que decir que, aún con ese leal sector de su lado, El día del fin del mundo: Migración no es un buen intento por quedar en la memoria. Es un compendio de fórmulas apiladas en un mismo orden: 

Fracción de viaje – Evento traumático – Estación de reposo (checkpoint) – Fracción de viaje – Evento traumático – Estación de reposo (checkpoint)… 

En bucle y repetido unas cuantas veces. Como una muestra de lo que ha funcionado, pero sin una identidad propia que dote a la cinta de un sentido personal que trascienda.

El elenco hace lo que puede, pero los personajes no son muy memorables, problemas sustanciales de escritura relucen de entre la aventura, y decisiones absurdas hacen que la historia se sienta algo egoísta y cínica, como es el caso concreto del personaje de Morena Baccarin, que además de una terrible actuación, ofrece en su papel una posición contradictoria, que, en lugar de acercarse a lo humanitario –como lo desea la trama–, resuena más con la privilegiada e hipócrita “salvación blanca”. En síntesis, son desperfectos que, de uno en uno, calan profundo en la imagen final de la obra.

La generación del mañana

El día del fin del mundo: Migración cuenta con un mensaje ambiental, que luce cursi pero auténtico, sobre cuidar al planeta y entregárselo en buena forma a los hijos del mañana; el inconveniente es que su representación es demasiado parecida al discurso ya aplicado en El Día después de Mañana (2004). 

Y no es la única similitud con sus compañeras, por momentos tiene tintes de El último camino (2009), la ambición de Terremoto: la falla de San Andrés (2015), y métodos narrativos que emulan a una multitud de filmes; pero todo está mezclado sin mucha gracia, ignora el potencial que tiene la idea de origen, y el poder de su iconografía, se desvanece.

En los términos más sinceros, nos encontramos con una película que no consigue la grandeza que busca, que se queda enclaustrada entre el homenaje y el cliché, y pierde parte de su encanto con un conjunto de conceptos débiles, que no aportan nada original y descuidan la chispa que hay en el núcleo.

De igual forma, si eres uno de esos fanáticos apasionados del estilo, no veo porque no puedas disfrutar de la película, pues, aunque falla en muchos aspectos, no cierra sus puertas a todos los cinéfilos, ofrece un entretenimiento rebajado pero que puede convencerte si lo que buscas es apagar el cerebro un par de horas. Sin pretensión, sin lógica obligada o significados complejos, sólo la comodidad de un asiento y el héroe de turno haciendo lo que puede por sobrevivir a lo terrible. Mi calificación, 3 de 7 vidas de gato.

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