Viaje a otro mundo
La historia nos posiciona en los zapatos de Philip Vanderploeg, un hombre americano que vive en japón desde hace ya siete años, pero que sigue en la lucha por encontrar su lugar en el país, no solo como un actor emergente, sino como un ser humano confundido que aún no comprende la cultura nipona, que es tanto fascinante, como disruptiva.
Es con esta premisa que la directora y Stephen Blahut (co-guionista) escriben esta ingeniosa historia, presentando el otro lado del charco como una dimensión alterna, donde las primeras impresiones parecen delatar normalidad, pero que en profundidad muestran diferencia, excentricidad, y para algunos un sistema social inexplicable que no deja de sorprender, ni siquiera al más acostumbrado.
El color en la ficción es precioso, el uso de los fondos y la profundidad te sumergen en la gran urbe, y no desgastan la mirada, funcionan y aportan textura a lo mostrado en pantalla. Desde la ciudad y los festivales, hasta los bosques y paisajes del horizonte: una cultura en movimiento.

Ojos que ríen y lloran por igual
En una sociedad donde el trabajo debe ser exhaustivo, donde la terapia es motivo de vergüenza y se estigmatizan los problemas mentales, la solución surge del reemplazo, de fabricar sueños y fingir regresar a los recuerdos más preciados de nuestras vidas, como una señal a los dioses de auxilio y desahogo emocional, que solicita intervención, por un mejor futuro, por una vida menos agotadora. En este caso, un servicio que vende “experiencias”, que simula una parte de tu vida para que no tengas que lamentarte por lo duro de la realidad, con el único fin de disfrutar y abrirte paso por encima de tus pesares.
Es a través de los ojos de Brendan Fraser que el conflicto rompe la ola, pues es su mirada perdida y curiosa la que nos conecta con este laberinto. El carisma de un hombre de buen corazón, que con su actuación devela el potencial cómico de la cinta, pero también la debilidad existente en el ser. Con una plantilla de personajes bellos y diversos, que, sin compartir circunstancias, enfrentan los mismos obstáculos terrenales: una novia atada a las costumbres de su familia, una niña abandonada por su padre, un viejo actor cuya mente se desvanece sin remedio…
No hay mucho lugar para el odio en la película; eso es cierto. La crudeza no es totalmente franca y por momentos endulza sus problemas con una asertividad algo cursi, pero es porque en su humilde naturaleza, prefiere mirar hacia arriba, hacia lo positivo. La vida antes de la vida, y la melancolía como muestra de humanidad y redención.

Reverencias
Al final Familia en renta es un viaje a lo desconocido, una comedia que enfrenta las realidades, y en su proceso de asimilación encuentra la posibilidad de mejorar, comunicando sinceramente lo que se siente. Es aprender a reverenciar sin el uso obligatorio de una religión, sino con el conocimiento y la experiencia como puente que conecta las vidas, por un bien en común.
Una experiencia divertida, cálida, inocente, que saca carcajadas y hace brotar la empatía. Para respirar, para perdonar, para recargar la batería, y volver a vivir. 6 de 7 vidas de gato para esta grata sorpresa de inicio de año.

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