Zona Cero cuestiona la sociedad coreana y apela al colectivismo.

No son pocas las veces que se ha jugado con la idea del pensamiento colmena, ese que sugiere que todos los miembros de una misma especie piensen con una sola conciencia interconectada. De hecho, por el nivel de interconectividad que tenemos a través de internet hoy en día, quizá es uno de los principales miedos de la humanidad al día de hoy en un nivel abstracto. Justo hace menos de un año tuvimos una popular serie de Apple TV que ya explora de forma muy interesante —no quiero revelar el nombre para quienes no la han visto, pero quien ya la vio sabe de cuál hablo. Por eso se agradece que este concepto sea utilizado en un género tan visitado como el de los zombis y si le sumamos el nombre de Yeon Sang-ho, director de Train to Busan, lo que nos da es una de las propuestas de zombis más interesantes de los últimos años.

Pensamiento único o individualidad

Hay una genuina preocupación social en que quizá, si pudiéramos entendernos todos y no hubiera diferencias, viviríamos en una sociedad mucho más pacífica. Ese es el punto de partida de Zona Cero; en medio de una conferencia de una empresa de high tech se nos presenta la idea de regeneración celular avanzada gracias a un medicamento que también otorga la capacidad de que entre individuos puedan transferir información mentalmente. Quizá mejorar la comunicación entre nosotros nos haría vivir mejor.

En esa conferencia conocemos a Se-jeong, interpretada por Jun Ji-hyun, una profesora y científica desempleada que se encuentra buscando oportunidades gracias a una invitación que recibió al evento en turno y también motivada por su exmarido que trabaja ahí mismo, Choi Hyun-seok. Una dinámica bastante interesante la de estos personajes que pareciera que se llevan bien a pesar de ser ex pareja, además de que él ya tiene una familia formada desde hace tiempo. Esto habla bastante de hacia dónde nos van a llevar estos personajes: Se-jeong es una mujer con una personalidad bastante fuerte y con problemas de interacción social pero con la suficiente madurez intelectual y emocional para poder relacionarse con su entorno.

Pero la verdadera intriga no es preguntarnos por qué un ex matrimonio se lleva bien, sino que minutos antes nos presentan a Seo Yeong-cheol, un científico interpretado de manera perfecta por Koo Kyo-hwan y que habla a emergencias para dejar en claro que realizará un ataque bioterrorista en la conferencia que ya estamos presenciando, sugiriendo que él mismo es la cura al inyectarse lo que parece es un medicamento similar al que se presenta en el evento. Yeong-cheol afortunadamente es el tipo de antagonista que se hace muy presente desde el inicio y durante toda la trama, y representa muy bien todo lo que el director quiere plantear en uno de los dos lados que conforman su tesis.

Sus razones para su plan pueden entenderse conforme a la propia explicación que da en un momento avanzado de la película, donde se revelan las motivaciones personales del villano, pero el planteamiento central de la película las deja claras desde que se desata el caos apocalíptico zombi, cuando sugiere que su ataque es algo necesario para que la sociedad se arregle. Tampoco es coincidencia que sea un hombre bastante solitario y que sus motivaciones no solo se sientan reales, sino además peligrosas. Un antagonista que no llega a través de los tropos clásicos del villano, sino del hartazgo de una sociedad que posiblemente lo ha abandonado.

Dos puntos opuestos igual de complejos que sus personajes

Seo Yeong-cheol desata la tragedia al infectar al presidente de la compañía con un poderoso virus que transforma casi instantáneamente a las personas en infectados zombificados sedientos de sangre y violencia. Con una excelente puesta en escena, Yeon Sang-ho nos demuestra por qué es uno de los referentes del nuevo cine moderno de zombis. La tragedia no se hace esperar y rápidamente pone a nuestros protagonistas y personajes secundarios —que se sienten también como protagonistas—, en una situación de supervivencia constante mostrándonos todo lo que tienen que hacer en cada momento para poder salir de tan peligrosa situación.

Y si los personajes secundarios se sienten como segundos protagonistas es a causa del gran entendimiento del director y guionista de las relaciones humanas: la relación entre un hermano y una hermana con problemas de movilidad; un grupo de jóvenes preparatorianos en donde una es llevado a la fuerza por los otros dos —sus bullies—, y cuya dinámica va cambiando a lo largo de la película; un adulto de más de sesenta años con habilidades físicas que no tiene ninguno de los jóvenes, revalorizando lo que se piensa de los adultos mayores.

Todas estas subtramas tienen un peso dramático importante en la forma en que se enfrentan a los infectados que tampoco son zombis al uso: gracias a la naturaleza del virus como ya se había explicado en la conferencia, pueden comunicarse entre sí e ir aprendiendo nuevas formas de moverse, interactuar y reconocer. Peor es cuando nos enteramos que Seo Yeong-cheol, gracias al activo que él mismo se inyectó y por sucesos que no voy a spoilear, es capaz de estar en contacto con los infectados. Por eso resulta sumamente interesante como los protagonistas deben trabajar en conjunto para plantear soluciones que no vienen de un pensamiento único, sino de la diversidad de conocimientos.

La idea central de la película son dos extremos que comparten algunas cosas pero son muy diferentes entre sí. Por un lado, Seo Yeong-cheol y su visión del pensamiento colmena como solución a los problemas. Por el otro, Se-jeong y sus compañeros de supervivencia representan la idea de que el colectivismo que respeta al individuo puede ser un camino viable para tomar. Quizá un camino más complicado y complejo porque nunca es fácil entenderse con los demás, sobre todo en medio de un apocalipsis zombi, pero uno que vale la pena tomar si queremos conservar nuestra individualidad.

El cine surcoreano siempre está en introspección con su propia sociedad

Aquí es donde se ve la mano coreana. Un país que lleva muchísimos años entregando películas sumamente interesantes en sus temas, arriesgadas en sus formas y subversivas en sus ideas. Porque mientras Hollywood hubiera hecho de Se-jeong simplemente el espejo de lo que comúnmente haría un protagonista varón, aquí le dan espacio en toda su realidad. O villanos con motivaciones que solo se entienden como malvadas, aquí plantean a uno que se siente real y que no se mueve solo por una cuestión exclusivamente moral.

Y es que Zona Cero genera en muchos momentos interacciones entre dos personajes o grupos pequeños que revelan mucho de la propia sociedad coreana —el machismo, el abuso de autoridad, miedo al fracaso, aislamiento—, y que aquí en México podemos entender muy bien al compartir no solamente inquietudes, sino miedos de nuestra propia realidad: miedo al no encajar, miedo a la otredad, miedo al que piensa diferente.

Hay que dejar en claro que no es una película de terror al uso. Los elementos están presentes, sí, pero como a Train to Busan, a Zona Cero le interesan más las interacciones de sus personajes y lo que dicen de su propia sociedad que entregarnos sustos o momentos terroríficos que nos hagan saltar del asiento. Y tampoco es que falten. La mano de Yeon Sang-ho es tan buena que sabe plantear muy bien cada momento para que jamás pierdas la sensación de peligro, y sobre todo, para que los momentos dramáticos —y vaya que las cosas salen mal muchas veces—, tengan el peso emocional necesario para que tú, como espectador, entiendas lo que están sufriendo los personajes.

El aspecto técnico también brilla en la forma en que se representan los infectados con una factura tan alta que por sí misma ya aporta al género —y hay que decirlo grandes interpretaciones físicas de todos los performers que hacen de zombis, su fisicalidad es increíble. La película utiliza de forma muy inteligente la capacidad extrema de sus cuerpos, recurriendo muy poco al CGI para retratar tanto a los infectados como sus ataques, lo que le da un nivel de crudo realismo que siempre cae muy bien en estas películas. Si se le suma la capacidad de Yeon Sang-ho para contar tantas historias diferentes dentro de un mismo largometraje, nos da un visionado muy completo.

Tampoco es la primera película que trata de subvertir el género, pero sí es parte importante de ese nuevo boom en donde los zombis dejaron de ser solo elementos narrativos que retratan las causas un posible apocalipsis de nuestra sociedad, para ahora plantearnos ideas más arriesgadas porque, lamentablemente, llevamos ya varios años viviendo en esos mundos apocalípticos.

28 Años Después y El Templo de Huesos nos preguntan: ¿Cómo nos re-construimos como sociedad y cómo reintegramos a las víctimas de nuestra tragedia? Descansar en Paz (Thea Hvistendahl, 2024) nos pregunta ¿Qué hacemos con nuestros muertos?. Zona Cero nos invita a otros cuestionamientos, unos quizá más esperanzadores ya que Yeon Sang-ho en sus formas nos dice que aún estamos a tiempo. Aún podemos evitar llegar al fondo del pozo aunque ya hayamos desatado la tragedia.

Quizá personalmente lo veo así porque, a pesar que Corea del Sur no pase por las violencias que pasa México, sí podemos entender la inquietud de cómo una sociedad puede estar tan dividida y golpeada, y cómo sus individuos pueden sentirse perdidos en un mundo que parece no querer entenderlos. Quizá estamos a tiempo de re-valorarnos como individuos que conforman una sociedad y así trabajar en conjunto por un bien común… y porque claramente ninguno queremos ser zombis.

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