Póstumo: Una reunión familiar

Lucía Carreras es una de las cineastas mexicanas más sobresalientes de los últimos años, ya sea en el papel de guionista, donde ha brillado con obras comoLa Jaula de Oro o Todo el silencio, o en la silla de dirección, donde ha confirmado su control sobre las historias complejas y personales, tales como Tamara y la Catarina y Nos vemos, Papá.

Ahora llega Póstumo, su cuarto largometraje, que tiende a seguir con la exploración emocional, pero esta vez con el añadido de un enfoque fantástico, que abre aún más el panorama, y discute sobre ideas delicadas y difíciles de enfrentar.

Naciendo en otro mundo. Una exploración sensorial.

La película nos presenta a Dolores, una mujer que despierta en un departamento desconocido, sin memorias de cómo ha llegado ahí, y con la imposibilidad de salir. La situación no mejora cuando al lugar llega Luis, un hombre igual de confundido que, como ella, se enfrenta a una situación extraña que no dejará de añadir preguntas y dilemas inexplicables a la caja de Pandora que se acaba de abrir.

Así comienza una aventura repleta de sorpresas y detalles que no paran de aparecer, un frasco de secretos personales que se descubren por completo, confiando y retando al espectador a partes iguales, pues además de cálida, no deja ese lado controvertido que ha caracterizado a la directora en obras anteriores.

Una de sus fortalezas más remarcables son sus valores de producción. El mecanismo cinematográfico que conecta nuestros sentidos con lo sucedido en pantalla, que usa texturas, esencias y sonidos para enmarcar diferentes contextos en un mismo plano: el trauma pasado y su repetición en el futuro.

Su diseño sonoro es portentoso, se dota de riesgos prácticos que proponen diferentes estímulos para completar el escenario, y en su ejecución se sienten eficientes, brindando algo más que sólo imagen, sino un entorno complementario que trabaja en conjunto para llenar cada rincón de la estancia.

Duelo de mitades. Un proceso único.

Por otro lado, algo que brilla excepcionalmente en Póstumo son las actuaciones. Tenemos a una Diana Sedano (Dolores) y a un Adrián ladrón (Luis) que resplandecen en el espacio, encarnan a sus personajes con un vigor y un proceso que se notan orgánicos, casi genuinos, que en todo momento nos hacen creer que este par es más real de lo que la ficción nos permite confirmar.

La confusión hecha presencia que domina a Dolores es tan fuerte, letal y estresante, que libera súplica con cada murmullo, afrontando a su “opuesto” con una notable determinación, pero que lleva debajo de la máscara un recipiente lleno de tristeza y verdades que son difíciles de superar. Así mismo, Luis devuelve la mirada, deprimida, abrumada, pero con la seguridad tal para dar vuelta a la conversación, pues, aunque tampoco entiende qué está pasando, se interesa por comprender lo que implica, y con ello, apoya a su contraparte a seguir con la búsqueda de la verdad.

Lo cierto es que, para vivir la experiencia con todos sus matices, lo ideal sería que el espectador llegue sin mucha información de lo que verá, pues, aunque la figura de la propuesta puede sonar ambigua y confusa en su forma base, es una de esas presentaciones que se cuece lento, que aprende con el público y escala sus peldaños de poco a poco, enfrentando cada revelación a la vez.

Un giro definitivo.

Es así como nos encontramos frente a una película con propiedades muy relevantes para la conversación universal, pues es una historia sobre recuerdos, emociones reprimidas, duelos silenciosos, y salud mental, que juega con las diferentes caras de la moneda para dar de sí un discurso cálido sobre lo que significa la memoria familiar y su impacto generacional. Los dolores se heredan y llega el momento en que la desgracia se derrama si no es hablada.

Pero hay que mencionar que existe un elemento vital en la trama, que forma parte del clímax, que lejos de forjar un lazo irrompible con la historia, podría dañar la imagen de esta. Es su compromiso con lo nunca pensado lo que da un paso al terreno incómodo, que, aunque se desarrolla con cierta organicidad, no deja de ser diferente y duro de procesar. Al final, puede que congenies con el arte que se plasma, pero también puede que termines alejándote y cortando la inspiración por criterio propio. Es por eso que la calificación final es 5 de 7 vidas de gato.

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