Tú, Yo, la Toscana y las romcom cómodas.

El género de comedia romántica es uno de los más interesantes en la historia del cine, y nos ha dado muchas joyas inolvidables, aunque también por mucho tiempo entregó películas de dudosa calidad. Lamentablemente, hace unos años que el género ha estado un poco estancado, aunque hay películas dignas de mención. Pero eso no quita la evidente falta de interés en este género, si se compara con las décadas pasadas. Aun así, hay quienes aún apuestan por él, y Yo, Tú y la Toscana es una de las apuestas más grandes de esta temporada para enamorar a las audiencias en las salas de cine. 

Personalmente considero que una de las cosas más interesantes de una película romántica son sus locaciones, y es que regularmente estos espacios son otro personaje que no solo protagoniza la narrativa, sino que inclusive motiva a los personajes hacia lo que regularmente conocemos como el destino del amor. Es algo que las películas clásicas saben aprovechar, y aunque sean independientes, comerciales, buenas o malas, es algo que tal vez inconscientemente siempre buscamos cuando vemos una película de este estilo. Así que al conocer que se desarrollaría en la Toscana —un lugar paradisíaco que por sí mismo invita a creer en el estilo fantasioso de un romance soñado— las ganas de conocer qué tipo de historia ocurría en ese lugar se hacen muy presentes.

Pero antes de llegar a la Toscana, ¿quién es el personaje que afortunadamente puede ir a este lugar paradisíaco?

Así conocemos a Anna, interpretada por Halle Bailey, una chica desafortunada que quiere vivir una vida que no es de ella, aprovechando su trabajo de cuidar casas para alimentar una idea de redes sociales que está muy lejos de su propia realidad. Realiza su trabajo con cariño y parece que es muy fan de hacerlo, pero las utiliza como si fueran suyas —literalmente— así que rápidamente se encuentra en un problema en el momento en que una de las dueñas la encuentra con un vestido que no le pertenece.

Y si bien es divertido ver esta situación, aquí creo que cometen un error al no mostrarnos un elemento que va a ser importante durante la trama: Anna es estudiante de chef que cayó en desgracia por una tragedia familiar, así que nunca ha podido enfocarse en lo que más le gusta que es cocinar para grandes restaurantes o para seres queridos. Y digo que es un error porque mucha información relevante tienden a exponerla con diálogos en pro de arrancar rápido la historia y no perder el tiempo en cosas que quizá eran más importantes de lo que pensábamos. Tampoco es un problema mayor porque el carisma de Halle Bailey, a pesar de estar muy limitada por el guión, hace que olvidemos un poco este tipo de detalles.

En su búsqueda por encontrar algo que le haga alcanzar el sueño frustrado, conoce a un hombre de ensueño con el que tiene una conexión casi instantánea, entregando uno de esos momentos que nos hacen recordar por qué nos gustan este tipo de historias. La química funciona bastante bien a pesar de lo exagerado que puede ser el momento. Ese pequeño romance platónico es lo suficientemente fuerte como para que Anna termine viajando a Italia a conocer el lugar prometido y buscando una oportunidad de cumplir lo que siempre ha deseado… aunque eso signifique irrumpir en la casa del hombre al que acaba de conocer y que ni siquiera invitó explícitamente.

El susodicho ni siquiera se ha enamorado de ella. De hecho este italiano de ensueño, Matteo, es alguien que abandonó su hogar en la Toscana para perseguir otras ambiciones. Anna simplemente fue un coqueteo de una noche a quien termina dándole información que ella interpreta como una señal y termina realizando un viaje que evidentemente es una mala idea. Esto por más absurdo que suene, no es una queja. 

Enredos, malentendidos y un anillo de bodas en el dedo equivocado.

Por evidente metida de pata, Anna termina involucrada con la familia de Matteo, quienes creen que es la prometida del hijo perdido y a quien adoptan de inmediato como hija propia. Así conoce a Michael, interpretado por Regé-Jean Page: un chico huérfano adoptado por sus tíos desde niño, que por fortuna hereda un viñedo y con el apoyo de su familia ha crecido como el perfecto hombre romántico, y que por alguna extraña razón —y muy extraña porque es demasiado atractivo—, no tiene ninguna suerte en el amor. 

Tú, Yo y la Toscana no pretende contar algo que no se haya hecho antes, y tiene muchos elementos que funcionan de forma más que correcta. Anna y Michael resultan ser compatibles no solo por la evidente química, sino porque hasta comparten color de piel —la película busca dejar muy en claro esto—, así que presenciamos no solo el nacimiento de un amor que estaba destinado a ser, sino a uno que comparten rasgos tan profundos como el de la propia etnia, aunque sea de la forma más superficial posible.

Porque a pesar de lo divertidas que son las confusiones y malentendidos, los momentos románticos dignos de cualquier post de Instagram, sus elementos más interesantes son los más desaprovechados. Aunque conocemos la Toscana desde un punto de vista turístico, el humor que inunda las calles de este pequeño pueblo en Italia es uno basado en los clichés más conocidos de este país. Además ni la comida, ni la sensación de no pertenencia que en teoría comparten los protagonistas, se hacen lo suficientemente presentes. 

Todo es perfecto en la Toscana, lo que hace difícil en varios momentos terminar por creerte la historia.

Se supone que Anna es chef pero nunca la vemos preparar algo solo hasta muy avanzada la trama. Se supone que Michael es un outsider pero tiene la vida resuelta y toda la familia y el pueblo lo adoran. Tampoco nos permiten conocer cómo el amor puede fluir a través del propio lugar, a través de las pequeñas costumbres que podemos aprender de un sitio que no conocemos. Al final lo hacen de la forma más convencional posible, encontrando momentos de intimidad que funcionan bien, pero que dejan la sensación de que pudo ser algo mucho más entrañable.

Tú, Yo y la Toscana hace las cosas lo suficientemente bien para pasar poco más de cien minutos disfrutando de una buena química entre personajes, momentos bastante divertidos y, cómo no, postales envidiables que nos hacen querer visitar este pueblo tan colorido. Pero no llega a desplegarse por completo, quedando muy a la mitad de lo que una comedia romántica puede llegar a generar. Esta suerte de filtro Disney que hace ver a la película como un film de Disney Channel le ayuda muy poco.

A pesar de sus convencionalismos y evidentes momentos perezosos, se disfruta gracias a la química de los personajes, a los momentos de verdadera tensión romántica y a la capacidad que tiene el propio género de desconectarnos lo suficiente para hacernos creer que deseamos una fantasía preciosista europea. Sin embargo, no es una película que nos haga creer que las romcom pueda salir de su racha a la baja. Ojalá hubieran arriesgado un poco más —teniendo los elementos que tenían, pudieron haber realizado una película que, en lugar de ser solo entretenida, hubiera sido muy entrañable.

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