Avatar está sobrevalorada
El imaginario de Avatar es tan extenso y enorme que considero que no medimos la importancia de estas piezas en el cine moderno. Me es muy difícil decir que una película sobre los Na´vi podría ser de mis favoritas, y sin embargo cada que regreso a su mundo me embobo viendo respirar este universo.
Durante muchos años odie Avatar, la película original salió en 2009 y el impacto cultural en taquilla molestaba mi mente pre-adolescente; es más, consideraba que las personas que iban a seguir llenando la cartera de los estudios eran simplonas y de una sola dimensión.
Ese odio (infundado) se extendió a James Cameron, aborreciendo cualquier proyecto en el que estuviera involucrado, incluyendo Titanic ––que para ese momento yo solo había visto fragmentos en canal 5. Y así fue durante muchos años hasta que me decidí por ver la película en 3D durante su reestreno previo a la segunda parte de la saga.
La curiosidad de entrar a entender el mundo de Avatar me hizo llegar sin prejuicios al reestreno en Paseo Acoxpa, sin expectativas pero con varias horas libres, me deje sumergir en el mundo del director, y me di cuenta de que llevaba años viviendo en un autoengaño.
Días después pude disfrutar de la segunda parte, ciertamente quedé encantado; sin embargo un mal me aqueja, pues pareciera que nunca vi la película, hoy no recuerdo más que lo suficiente para conectar la trama con el estreno más reciente. Y aunque en lo visual y conceptual las películas de Avatar nos ganan, comienzo a sentir con Fuego y cenizas, que la saga es completamente desechable.

Avatar es desechable
El regreso a la luna de Pandora es paso a paso; como si la producción estuviera consciente del déficit que tienen sus filmes para ser memorables, se nos empieza a contar detalladamente lo que necesitamos saber para más o menos entender el lore de esta película, lo que sin duda se agradece, pero a su vez me hace cuestionar: si viniera de tener muy claro todos estos conceptos y tramas ¿sentiría sobrecargado esté resumen inicial?
Hay una idea un poco ambigua que dice: los primeros 20 minutos de una película de hechura Hollywoodense son desechables, especialmente para que el público que suele llegar tarde no se sienta perdido al momento de integrarse a la trama.
Efectivamente el primer tramo de este viaje a través de Fuego y cenizas es desechable, disfrutable en lo visual, pero en todo este establecimiento de ideas se percibe una necesidad vulgar de que el espectador casual entienda la historia y asista al cine sin miedo.
La tercera parte de este universo se siente además tasajeada, se plantean conflictos que se resuelven apenas en el cambio de un par de escenas, no por una mala construcción, sino por una notoria reducción de minutos en pantalla para que la película no sea más eterna de lo que ya se siente.
Y sin embargo, a diferencia de producciones que sufren lo mismo ––como la saga de The Lord of the Rings–––, el montaje es poco orgánico.

Avatar no es orgánica
Detengámonos en la idea del montaje durante unos párrafos más. Lo que diferencia a una película memorable de una común es el montaje; piense usted en su película favorita, estoy seguro que lo primero que vendrá a su mente es un secuencia de montaje invisible, es decir, su escena favorita. El cine es más de lo que solemos apreciar, y parte de ello es el esfuerzo del editor por no dar a notar en qué momento se corta de un punto argumental a otro.
En Avatar 3 la edición es notoria, casi como si hubiera sido editada para no abrumar al espectador por más de 180 minutos más que porque la película necesitará ser editada así. En pocas palabras, está mal montada la película. Y si utilizo la palabra montaje y no edición, es porque no hay nada que cuestionar a la edición profesional de Hollywood, el problema yace en cómo se utilizan los tiempos cinematográficos a través del entramado, pareciera insoluto y plástico.
Quizá exagero, pero incluso las alegorías religiosas a la Biblia se perciben impostadas para generar una sensación intelectualoide sobre la concepción mística y espiritual de este universo ––aunque mi percepción podría verse alterada por un cansancio físico al momento de consumir el largo en 3D.
No hay nada nuevo en las alegorías religiosas de Avatar, desde la primera película pareciera que estamos viendo alguna clase de mezcla entre Adán y Eva con armas y militares. Hay elementos muy bien importados, como la relación de la hija de Jakesully, su estatus de reencarnación y de vía de contacto con la Diosa de este mundo.
Pero sí hay un par de segmentos más arbitrarios, que nos hacen conectar rápido con anécdotas Bíblicas, pero que no tienen el mismo impacto que el discurso en el que se basan, y en todo caso se siente una manipulación humana sobre ese mismo sentido de ideas.

Avatar es un éxito
No hay ninguna palabra que yo pueda redactar que cambie el hecho de que esta saga es y seguirá siendo un éxito, y creo que es válido, porque aún con todas las carencias que hacen a Fuego y cenizas una producción olvidable, es verdad que la mayor parte de la historia la pase enajenado.
Sí me sacaba constantemente de la película ese tasajeo de carnicería barata, sí me veía reflexionando sobre la postura alegórica y religiosa, pero todo lo demás me tenía pegado a la anécdota, buscando puntos de inflexión y rozando el fanatismo por una saga que realmente no entiendo; como las olas en el mar que te atraen de la orilla al punto de no retorno.
Avatar 3 no es una mala película per se, es un simbionte extraño que pareciera tener más voz de un estudio que de un director, y no sé si es solo un compromiso para llegar a un final mucho más conmovedor; así como no entendí el poder de la primera en su momento, quizá no estoy entendiendo el poder de esta ahora, y sobre todo, no estoy viendo la versión que yo creo James Cameron quería que nos llegará.
4 de 7 michividas a la nueva aventura de Jakesully y su familia disonante, vale la pena pagar el boleto para ir al cine, vale la pena irse a divertir y ojalá vaya a valer la pena cuando el final de la saga llegue.

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